jueves, 19 de mayo de 2011

CAPÍTULO 1

EL ORIGEN

Todo en esta vida tiene un génesis, un comienzo, un origen, un porqué… podemos emplear muchos sinónimos pero el concepto, en este caso que nos ocupa, será el mismo. Soy Anteo Galán Recio, el “creador” del nuevo sistema, el “padre” de la máquina, el “amo” de las reglas del juego. Permitidme que os explique cómo empezó esta historia que voy a contaros, tan sólo se precisa tener la mente abierta a lo desconocido, a lo que parece inexplicable, un pensamiento capaz de viajar en el tiempo y en el espacio.
Mi querido maestro fue Daniel Reisen, un físico brillante nacido en una ciudad llamada Zeit (Alemania) un 20 de Abril de 1.889, exactamente en la misma fecha que otro personaje carismático y atroz para muchos, Adolf Hitler. De algún modo la vida de mi maestro estuvo unida a la del famoso dictador porque la historia parece caprichosa; pienso en la casualidad, pero él me enseñó a vislumbrar que ésta es una forma vulgar de denominar a la “causalidad”. Daniel Reisen fue un niño prodigio en todas las materias y ciencias exactas, mostrando una capacidad innata para desarrollar las más complejas teorías matemáticas sin atisbo de esfuerzo o fatiga en su despierto carácter.
Destacó en la escuela, en el bachillerato y en la universidad; el rector le propuso en 1.912 enviarlo al prestigioso instituto Kaiser Wilhelm de Berlín bajo la tutela directa del teólogo Adolf von Harnack, el director de dicho centro, gracias a una beca de la Universidad de Zeit. Allí se codeó con Einstein, Planck y Otto Hahn. Influido por todas las teorías que estos científicos desarrollaban y especialmente contrariado ante la idea de su mentor, el profesor von Harnack, que criticaba la teoría de la vinculación causal de todas las cosas, empezó a trabajar en el área de física aplicada al espacio-tiempo para demostrar que todo tiene una relación causal, no debiéndose al designio divino.
Bautizó su proyecto como “Kronos” y trabajó duramente gracias a potentes máquinas calculadoras consiguiendo que la teoría se convirtiera en realidad en 1.933; durante un experimento, su fiel mascota, un perro dálmata llamado Hund, viajó desde una cámara de aislamiento a otra similar situada a diez metros de la primera con una diferencia de diez minutos de tiempo. Dichas cámaras estaban unidas con un cable especial construido por eficientes técnicos que trabajaban con los mejores científicos en el área metalúrgica en el mismo instituto Kaiser Wilhelm. La cámara de aislamiento recordaba a una campana y pronto los técnicos bautizaron cariñosamente al invento de Daniel Reisen como “die glocke” o la campana en alemán.
Aunque Daniel intentó mantener en secreto los exitosos experimentos y progresos materiales hasta tener más datos sobre las posibilidades de su máquina de espacio-tiempo, uno de los técnicos, a la sazón agente de la “Oficina de desarrollos secretos” del nuevo estado alemán, comunicó los resultados al general Hans Kammler, encargado del desarrollo de la ingeniería del tiempo en el III Reich. En 1.936, coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil Española, Daniel Reisen desapareció para siempre en el más absoluto de los misterios. El general Kammler se encargó de crear una versión oficial: el brillante físico había perecido ahogado mientras nadaba en el lago próximo a su localidad natal. Versión un tanto difícil de creer pues mi maestro era un experto nadador, aficionado a pasar los veranos practicando ciclismo, natación, piragüismo... pero su familia, amigos y la opinión pública, así lo creyeron.
El desencadenante de esta acelerada desaparición perpetrada por un comando militar a las órdenes de Kammler fue la fabricación de un sistema mucho más simplificado que permitía la autonomía plena para completar los viajes en el espacio-tiempo por parte de un individuo instruido al efecto, sin necesidad del engorroso equipo de campanas de flujo electromagnético.
Mientras se decretaban tres días de luto oficial por la muerte de tan insigne y ejemplar ciudadano y un crespón negro ondeaba en la bandera a media asta del ayuntamiento de Zeit, Daniel trabajaba en el laboratorio más impresionante que jamás un científico pudiera imaginar. Tecnología punta, personal altamente cualificado de todos los rincones del mundo, presupuesto inagotable, materias primas sin parangón… el éxito estaba asegurado. ¿Qué pretendía el general Kammler? Quería que Alemania fuera el país más poderoso sobre la faz de la tierra; quería que su amada Alemania fuera el imperio del siglo XX capaz de guiar los designios de la historia universal. Quería borrar la sonrisa hipócrita de todos los gobernantes y políticos de los países que la habían aniquilado y esquilmado tras la vergonzosa rendición al final de la Primera Guerra Mundial.
Tenía el arma perfecta: la posibilidad de viajar en el tiempo y el espacio y cambiar literalmente la historia. Pasado y futuro en la palma de la mano. El general Kammler confió plenamente en Daniel Reisen; veía en él al hijo que nunca tuvo; pensó que la fidelidad de Daniel a la patria alemana era incuestionable. No contaba con un factor: Daniel había descubierto en uno de sus viajes hacia el futuro la atrocidad genocida cometida por el III Reich de Hitler con la llamada “solución final”; había visto con sus propios ojos lo que un mediocre político había conseguido aniquilando a millones de seres humanos indefensos en la peor guerra jamás vivida por la humanidad.
Mi maestro tomó una secreta decisión. Acabaría con la máquina del tiempo, terminaría con “die glocke”. No permitiría que su invención se usara para hacer el mal. Él siempre quiso hacer el bien, que la ciencia se pusiera al servicio de la sociedad para hacerla más justa y equitativa; una sociedad rica en valores morales, capaz de erradicar enfermedades, hambre o cualquier mal endémico en los confines de la tierra. No quería que Alemania fuese la fuente demoníaca porque pensaba que sus conciudadanos eran gente noble, capaces de lo mejor; creyéndose un nuevo mesías, pensó que el bien debía derrotar al mal.
Daniel planeó una misión a finales de 1.939, empezada ya la Segunda Guerra Mundial, convencido de que no podía ser un eslabón de esa cadena de sinrazones que era el III Reich, capaz de devorar al individuo, anulando su personalidad, atemorizándolo y convirtiéndolo en un instrumento terrorífico para la victoria final de los nazis sobre el mundo. Mi maestro saltó de 1.939 al 20 de Abril de 1.889 en un intento por evitar que Hitler, recién nacido hacía escasas horas, se convirtiera en el diablo nazi que asolaría el mundo futuro. Incapaz de matar a una criatura inocente en su cuna y desdeñando la posibilidad de que otra persona lo hiciera por él y se manchara las manos de sangre en su lugar, trazó un nuevo plan. Robaría el cerebro de “die glocke”… el sistema simplificado autónomo… el Calculador Espacio-Temporal; saltaría en el tiempo para evitar que fuera recuperado por los nazis.
Daniel Reisen había pensado que llevando consigo el Calculador Espacio-Temporal en una huída continua a través del tiempo podía anular su empleo en el año 1.939. Este calculador era parecido a un Sistema de Posicionamiento Global o “Global Positioning System”, nuestro GPS actual. Era un pequeño computador no muy voluminoso que cabía en una mochila como las que empleaban los soldados del general Kammler en sus misiones o saltos temporales en la historia. Daniel intentaría convencer a sus diferentes “yo” pasados en 1.912, en 1.933 y en 1.936 para que no pudieran desarrollar y fabricar la máquina del tiempo. Pero las teorías son teorías y mi maestro no pudo controlar la práctica. La realidad fue distinta. Un comando de persecución enviado a través del tiempo por el general Kammler alteró su plan original y Daniel Reisen se convirtió en un prófugo, en un desertor cuya cabeza debía ser presentada en bandeja de plata ante el mismísimo Hitler.
Kammler había previsto la posibilidad de que Reisen huyera y en 1.939, mientras éste dormía plácidamente tras una agotadora jornada de trabajo, lo había sometido a un interrogatorio empleando pentotal sódico averiguando el plan. Rápidamente los técnicos recibieron la orden de copiar el Calculador Espacio-Temporal y fabricar varias réplicas. El equipo de técnicos empleados para esta tarea particular fue enviado a Mauthausen donde morirían exterminados. Kammler no quería cometer ningún error, deseaba mantener en el más absoluto de los secretos las réplicas.
En uno de los saltos temporales y a punto de ser capturado por el comando, mi maestro sufrió una herida en el hombro derecho al ser alcanzado por los disparos de uno de los soldados. Sangrando abundantemente y casi obnubilado alcanzó a programar una fecha y unas coordenadas en el calculador: 1 de Mayo de 1.945 en la “Potsdamer Platz” del Berlín a punto de sucumbir ante el avance de los aliados.
Cuando recobró el conocimiento observó una cara desconocida; un hombre con barba de varios días, vestido con un uniforme que le resultaba vagamente familiar, le hablaba en medio de una sucesión de tremendas explosiones en un idioma que no comprendía. El hombre en cuestión era un miembro de la División “Wallonien”, uno de los últimos defensores del búnker de Hitler. Se llamaba Miguel Ezquerra, un oficial español perteneciente a las temidas Waffen SS. Mi maestro se encontraba recostado sobre la mochila que contenía el calculador; no sabía cómo éste había ido a parar de nuevo al interior de la mochila ni dónde estaba exactamente. Observó a su alrededor lo que parecía el sótano de un derruido edificio, un esqueleto ruinoso quemado por las bombas. Sentado en el suelo y protegido por un grueso muro que aún estaba en pie empezó a hablar con aquel hombre:
-Mein name ist Reisen… Daniel Reisen… Hitler will mich tot (“Mi nombre es Reisen… Daniel Reisen… Hitler quiere verme muerto”) –acertó a decir mientras las explosiones llenaban el ambiente de un olor acre–.
-¡Daniel! Daniel significa “Dios es mi juez”; perdón, en alemán es algo así como “Gott ist mein Richter…”, ¿no…? –contestó Ezquerra de forma retórica convencido de que Reisen sería incapaz de entenderlo–. ¿Hitler quiere verle muerto? Creo que a mí también… quiere que toda Alemania sucumba antes de rendirse. Es absurdo seguir luchando.
-¡Sie Spanisch! (“¡Usted es español!”).
-Así es señor Reisen, perdón, quiero decir que “so Herr Reisen” –se corrigió así mismo el español en un intento por confortar al desconocido personaje–. ¿Cómo ha llegado usted aquí…? “Wie bist du hierher?” ¿De dónde ha salido…? “Wo kommst du her?”
-“Yo venir de 1.939, yo viajar en el tiempo” –contestó Reisen en un aceptable español señalando la mochila con su mano izquierda–.

Unos segundos antes de que Reisen surgiera de la nada en aquel preciso instante y lugar, el oficial español se encontraba a cubierto tras el muro, notando un extraño cambio de presión o corriente eléctrica a su costado derecho, mientras se tapaba los ojos ante la explosión de una bomba incendiaria a unos cientos de metros. Aquel hecho inexplicable le inquietó.
Miguel Ezquerra miró la mochila y centró de nuevo sus ojos en los de su interlocutor. El español pensó que todo era producto de algún tipo de conmoción cerebral o traumatismo previo y que aquel tipo estaba desorientado. Pero una cosa le desconcertaba: mientras Reisen había estado inconsciente, Ezquerra vendó su herida, detuvo la hemorragia, y por ende le salvó la vida… además de observar un extraño objeto que sobresalía de la mochila de aquel aparecido.
Cogió con sus manos el extraño artilugio y lo observó detenidamente. Parecía algo así como una máquina alemana “Enigma” para codificar mensajes, sin embargo intuyó que era algo más porque parecía tener un transmisor de ondas de radio y unas pequeñas ventanas cuadradas con números que corrían del 0 al 9 en su interior, accionados por unas pequeñas palancas situadas en la parte inferior de las mismas, que permitían introducir hora, día, mes, año y coordenadas, como pudo deducir por los nombres en alemán situados debajo de las citadas ventanillas. Ezquerra comprobó que aquel objeto pesaba casi como un fusil de asalto y estaba blindado por una especie de carcasa de un metal parecido al cobre. Cuando estaba a punto de pulsar un botón rojo de encendido, Reisen comenzó a moverse y Miguel Ezquerra guardó cuidadosamente el aparato en la mochila del “aparecido”.
¿Daniel Reisen había viajado hasta allí desde 1.939? ¿Cómo era posible? ¿Era un loco? Miguel observó que el aparecido iba vestido con un uniforme de las Waffen SS pero sin ningún tipo de divisa o emblema que lo pudiera identificar. Mi maestro tuvo tiempo suficiente para explicarle al templado oficial español cómo había desarrollado una máquina del tiempo portátil y porqué huía del general Kammler, explicándole todo lo que sabía acerca del holocausto de los campos de concentración y exterminio. Un asombrado y circunspecto Ezquerra se acariciaba la solapa del cuello de su uniforme mientras meditaba todo lo que aquel desconocido le contaba. ¿Cómo creer a Reisen? Sólo había una respuesta:
-Probemos su máquina Daniel –espetó el oficial español en un tono que sonaba a súplica–. No tenemos nada que perder. Todos mis amigos y compañeros están muertos o heridos. Estoy cansado de tanta guerra… mi mujer y mis hijas me esperan en España. Estoy delirando tal vez, pero si todo lo que me ha contado es cierto, ¿podríamos viajar hasta mi país?
-Poder Herr Ezquerra; haber problema… mi máquina tener localizador de posición en espacio-tiempo; así encontrarme comando de Kammler –explicó Reisen visiblemente preocupado–.
-¿Puede usted anular ese localizador?
-Primero programar viaje y después destruir máquina –balbució el científico gesticulando con las manos en un imaginario ademán de golpe con un martillo señalando la mochila–.
-Hagamos un trato. Volvamos a España y yo le protegeré con mi vida evitando que esos matones lo quiten de circulación –gesticuló Miguel desplazando el dedo pulgar derecho sobre el cuello, simbolizando en el idioma universal un degüello–. ¿Me comprende usted? “Verstehst du mich?”
-Verstanden… mí comprender –sonrió Daniel mientras una lágrima caía por su mejilla al recordar a la única mujer que había amado en sus cincuenta años de vida. Una mujer irrepetible, una judía de padre alemán y madre española que le enseñó los fundamentos de la lengua materna. Una científica de esplendorosa inteligencia y belleza, a la que prometió amor eterno allá por el año 1.933, justo cuando empezaron los problemas antisemitas y ella marchó a América buscando el olvido, la libertad y tal vez una oportunidad para sobrevivir.
Mi maestro aceleró el viaje al ver cómo Ezquerra se alteraba súbitamente al oír las nuevas explosiones que se sucedían consecutivamente en una cadencia infernal. Miguel explicó a Reisen que eran lanzacohetes soviéticos “Katiuska”; los rusos estaban muy cerca y con esos uniformes serían hombres muertos si caían prisioneros. Lo que ocurrió después jamás pudo olvidarse al atónito Ezquerra de 1.945 que se vio catapultado a la misma hora y día a una playa desierta. Mi maestro me lo repetía una y otra vez y pude oírlo de labios del propio Miguel, allá por 1.984, pocas semanas antes de morir en Madrid a la edad de 70 años. Un cariacontecido español que de rodillas tocaba la arena fina y sedosa de la playa, casi mudo de la emoción y un alemán casi desvanecido que recostado sobre la calidez de una tierra amada y conocida hacía muchísimos años, daba gracias a Dios por haber recordado las coordenadas exactas de un paraíso que su querida Brünette y él habían visitado en más de una ocasión.
El amor había llevado a Daniel a protagonizar junto a su amante alguna que otra “escapadita en el espacio-tiempo” desde Berlín hasta esa playa maravillosa de la costa gaditana. Una playa entre Chiclana y Conil, dos pueblecitos que encerraban la maravillosa luz de la Costa del Sol, de ese Golfo que Nelson, sin imaginarlo, bautizó con su muerte en la batalla de Trafalgar. Años más tarde, siendo yo aún un adolescente imberbe, mi maestro me llevó al lugar exacto y le expliqué que aquella playa se llamaba Roche (roca en francés), nombre que le dio un artillero gabacho, cuya batería se encontraba emplazada en una zona cercana a la hermosa ribera, durante la Guerra de Independencia contra los ejércitos napoleónicos que se libraba en la península ibérica a principios del siglo XIX.
El resto de la historia parece sencilla. Ezquerra abrió con sus manos un agujero en la arena bajo el tronco de un gran pino, depositó la máquina del tiempo y vació un cargador de su fusil ametrallador sobre ella. Reisen se cercioró personalmente revisando el destruido mecanismo y extrajo del amasijo de restos metálicos lo que parecía un condensador, arrojándolo al agua del mar con las exiguas fuerzas que le quedaban. Del comando de Kammler nunca se supo más. ¿Atrapados en un bucle temporal al intentar seguir a Daniel Reisen y no poder localizar la señal de posición? ¿Muertos el 1 de Mayo de 1.945 en el Berlín a punto de sucumbir a manos de los rusos? Mi maestro nunca supo a ciencia cierta qué sucedió a aquellos aguerridos soldados que cumplían ciegamente la misión que les encomendó en 1.939 el general Kammler.
Ezquerra ayudó a Reisen mediante unos contactos de la embajada alemana en Madrid y antiguos combatientes de la División Azul. Mi maestro tenía una gran ventaja: oficialmente había muerto en Alemania, nadie lo conocía en España. Con una complicidad que se convirtió pasados los años en una amistad real, urdieron un plan y declararon haber llegado en un submarino a las costas gaditanas. Daniel fingió ser un soldado herido de la División “Wallonien” que necesitaba una nueva identidad como superviviente de aquella masacre final de la guerra en Berlín. Ezquerra portaba pasaporte alemán, ya que Hitler en persona le había concedido la ciudadanía alemana al condecorarlo con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro tras la batalla de las Árdenas, hechos que pudo probar ante las autoridades consulares germanas, sirviendo de aval al científico, convirtiéndolo así en un nuevo ciudadano español: Daniel Galán Recio, mi padre adoptivo y maestro.
El señor Galán se afincó en la ciudad de Cádiz trabajando desde principios de 1.947 como profesor de matemáticas en el colegio de San Severiano. Vivía espartanamente, con todo el decoro que permitía su escueto salario. Pero el 18 de Agosto de ese mismo año se produjo una verdadera catástrofe en la ciudad: mientras Daniel paseaba pasadas las nueve y media de la noche por la calle Real de la cercana ciudad de San Fernando, oyó una ensordecedora explosión y la tierra misma bajo sus pies tembló alterándole el equilibrio. Esta sensación espantosa dio paso a la visión de una inmensa nube roja en forma de hongo que tiñó el cielo del mismo color. La gente gritaba: “¡¡Ha sido en Cádiz!!” “¡¡Una bomba!!” “¡¡Dios mío…!!”
Sin conocer lo sucedido, Daniel lo había perdido todo. El barrio de San Severiano donde trabajaba y vivía estaba literalmente arrasado… no quedaba nada. Cientos de personas murieron en pocos segundos y varios miles yacían heridas esperando la aparición del ángel de la guarda.
Su primera reacción fue mirar a ambos lados, divisando en la puerta de una cafetería próxima donde la explosión había hecho saltar en pedazos una vidriera de color amarillo y rojo, una bicicleta pulcramente apoyada en la fachada lateral. Sin pensarlo dos veces saltó al vehículo y pedaleando con más energía que destreza, marchó como alma que lleva el diablo hacia Cádiz en un intento de averiguar qué había ocurrido exactamente.
Transformada la ciudad en un verdadero caos, pronto comprendió la causa y los efectos inmediatos de la hecatombe con sus propios ojos. Lleno de dolor, impotencia y rabia, como todos los miles de gaditanos que luchaban desesperadamente por sacar de los escombros los cuerpos de las víctimas buscando supervivientes, Daniel dejó a un lado la bicicleta y en las proximidades de lo que parecía una asolada casa-cuna ayudó a decenas de hombres y mujeres en un intento vano por contribuir a salvar alguna vida, a rescatar de los brazos de la muerte a algún inocente. La prueba de fuego a la que se vio sometida la ciudad fue horrible, peor que la propia guerra civil a juicio de sus ciudadanos. Durante días los esfuerzos fueron tremendos… cientos de manos anónimas, de gaditanos y gaditanas, de soldados, de fuerzas de orden público siguieron trabajando para paliar aquella catástrofe.
En aquella destrucción, en aquel infierno, mi maestro me rescató de una muerte segura con sus propias manos. Bien entrada la madrugada, sangrando por múltiples llagas y erosiones, cuyo dolor apagó la visión de un niño aparecido a los ojos de Daniel tras dura lucha con cascotes de ladrillo, metralla de puertas y cristales, trozos sanguinolentos de restos humanos, me devolvió la vida como brisa suave y fresca que azota un campo de trigo. Me recogió y envolvió en su camisa, procuró mi restablecimiento y se preocupó de mi convalecencia en el Hospital de Mora. Me convertí en hijo suyo al ser de hecho un niño “expósito”, un niño huérfano de la guerra civil, sin padre ni madre, sin nadie que pudiera demostrar quién era y de dónde venía… un “aparecido” de la nada que huyendo hacia delante en una pugna por sobrevivir había llegado a los brazos de un padre, del único padre que he tenido en mi vida.
Yo tenía en aquellas fechas nueve años de edad, según pudo deducir  el facultativo que me atendía del examen médico a que fui sometido tras el restablecimiento de mis heridas y la lenta recuperación de aquella conmoción que para siempre habría de marcarme. Aquel desconocido entonces para mí, aquel señor Galán Recio, se encargó de procurarme una identidad, un hogar y proporcionarme el calor humano que jamás había conocido en mi corta infancia. Me llamaba la atención su especial acento, su forma de hablar, su solemnidad innata, su temple, además de la paciencia y el cariño espartanos que supo regalarme.
Pasaron los años y en 1.958, restañadas las heridas de la ciudad milenaria más antigua de occidente, cumplí las 20 “primaveras”, aunque más bien debieran llamarse “veranos”, pues la fecha elegida para mi “aniversario” fue el 18 de Agosto, efeméride con la que mi maestro me inscribió en el registro civil, para no olvidar la fatídica jornada que me había visto renacer, escogiendo ese día como “santo y seña” de mi vida. Durante aquel estío vacacional habíamos de hacer al menos una docena de visitas a las playas de Roche, dando largos paseos en los que mi padre y maestro me obsequiara con experiencias inolvidables y secretas confesiones, una de las cuales me sorprendió sobremanera: contaba Daniel Galán Recio con 63 años de edad reales, aunque me dijo haber nacido en 1.889, como relaté al inicio de este capítulo… ¿Qué había sucedido con los 6 años que faltaban para tener los 69 que le correspondían por calendario? Frente a los acantilados rocosos de Roche, con recio viento de levante, me preguntó si creía posible viajar en el tiempo. Al no haber respuesta inmediata por mi parte, mi padre me dijo que no era una pregunta retórica, que me tomara un período de reflexión y le contestara con argumentos matemáticos, físicos e incluso filosóficos si así lo estimaba oportuno.
-Padre, a raíz de tu pregunta he leído estos días una novela titulada “La máquina del tiempo” de un escritor británico llamado Herbert George Wells, publicada a finales del siglo pasado. En ese libro el protagonista viaja hacia el futuro, pero no describe científicamente el fundamento de su máquina más allá de describirla sucintamente. Es una obra un tanto moralista, que habla del bien y del mal, de la maldad que puede acabar con el mundo, de la desaparición de la raza humana a manos de sus propios miembros. Sinceramente, no creo que se pueda viajar en el tiempo –razonó Anteo contundente–.
-¿Se puede viajar en el espacio? –fue la respuesta inmediata de Daniel–.
-¡Claro que sí…! ¿Qué pregunta es ésa padre? Con automóviles, aviones, barcos, a pie, a caballo… ¡Jajajaja! –sentenció con una sonora carcajada–.     
         -Estás estudiando matemáticas y física en la universidad. Recuerda a Einstein y su teoría de la relatividad. Recuerda qué es la energía misma: si un cuerpo puede viajar a la velocidad de la luz, se desplazará en el espacio y también en el tiempo, porque esa velocidad será tan elevada con respecto a la velocidad de ese caballo que me pones como ejemplo, que mientras tú habrás recorrido en cinco segundos diez metros, yo habré llegado a la luna y regresado aquí de nuevo antes incluso de que tú hayas completado esa distancia mínima.
         -Pero padre… está demostrado que…
         -Escucha, Einstein no se refería a la velocidad de la luz exactamente, se refería a la energía en sí misma, a un haz electromagnético cuya velocidad puede incrementarse en varias veces la velocidad de la luz; se refería a poseer la esencia de la energía pura para poder controlarla plegando a nuestros pies el espacio y el tiempo. El astro rey desaparece sobre el castillo de Sancti Petri ahora, ¡míralo!, sin embargo, en Almería hace algunos minutos que desapareció de la vista de las personas que como tú y como yo, en este preciso momento, pasean por la playa –apostilló Daniel–.
         -Son percepciones distintas por la distancia, pero es la misma hora. No me parece un ejemplo válido, porque la Tierra gira sobre su eje haciendo desaparecer la luz solar de nuestra vista.
         -Sin embargo, en lugares diferentes sometidos a la misma razón horaria, la curvatura terrestre hace que la percepción visual no sea idéntica, ¿verdad?; del mismo modo la luz solar también sigue esa curvatura en parte, por la propia esencia de onda electromagnética que posee. Si fueras una onda luminosa, podrías desplazarte tan sumamente rápido, estando simultáneamente en Cádiz y Almería al mismo tiempo, observando cómo para nosotros es aún de día y en la otra costa es de noche. Del mismo modo si pudieras detener un dato temporal concreto, por ejemplo las 21 horas, 5 minutos y 3 segundos y viajaras de un salto a Almería, tu percepción sería que en milésimas de segundo has recorrido una distancia de cientos de kilómetros, pero tu hora oficial, la escala humana de medida del tiempo, no ha se ha movido… es como si plegaras un mapa de papel haciendo converger las ciudades de Cádiz y Almería al doblar la página sobre sí misma… has unido dos puntos distantes en una mínima fracción de tiempo a una velocidad tal que el día y la noche se han unido… se ha producido una paradoja física que te hace avanzar o retroceder en el tiempo, ya que la distancia es cero.
         -Comprendo… es como una laberinto vertical de muchos pisos unido por un ascensor central; subo y viajo hacia el futuro, llegando al piso que me interesa, es decir, llegando a la fecha que me interesa, para una vez allí, desplazarme horizontalmente, llegando al punto geográfico deseado; pero si desciendo, viajo hacia el pasado y del mismo modo me detengo en el piso deseado desplazándome horizontalmente con el mismo mecanismo hasta llegar al lugar elegido… –Anteo miró a su padre de reojo para encararlo después asintiendo con la cabeza–.
         -Es difícil de creer pero soy un viajero del tiempo y voy a demostrártelo.
         Así comenzó la fabricación de una nueva máquina del tiempo que mi padre y yo perfeccionamos viajando hasta el siglo XXI. Descubrí horrorizado cómo era el año 2.011 tras recopilar toda la información que me fue posible sobre la situación sociopolítica e histórica española en el contexto interno y externo en aquel período, tramando la creación de “Juntas provinciales” de lo que yo vine a llamar entonces “restauración nacional” al recordar un símil procedente de la Guerra de la Independencia para expulsar a los invasores franceses: las “Juntas de defensa nacional”. Reclutaría mi propio ejército de leales soldados y agentes dispuestos a cambiar el rumbo de la historia de España. Sería una tarea lenta, muy lenta, en la cual empeñaría muchos años. Mi consuelo era tener bajo control a un enemigo implacable: el tiempo.



« El tiempo es el espacio entre nuestros recuerdos. »
(Henry F. Amiel)